Hace una semana me había mudado de Los Ángeles, y mis padres ya tenían un colegio para mi, la casa y trabajo para ellos. No estaba sorprendida, ya que papá tenía contactos en todo el mundo y, principalmente, en Nueva York. Tampoco me había sorprendido la mansión con piscina que habíamos comprado, porque eso era común en nosotros. Tenía tres pisos; mi habitación estaba en el último de todos. La casa tenía un estilo minimalista por fuera, y por dentro era totalmente glamourosa.
Eran más de las diez de la noche. Ya había cenado un sándwich de jamón y queso y me despedí de papá, que estaba en la cocina. Subí por ascensor al tercer piso, donde estaba mi habitación y la de Charlotte, mi hermana de 7 años. Mamá le estaba leyendo un cuento, por lo que me despedí de ellas dos. Luego de eso, caminé hacia mi habitación. Mi dormitorio estaba pintado de blanco, excepto la pared detrás de mi cama, que era fucsia. Sobre la pared fucsia tenía un espejo redondo, con marco plateado. Hacia la derecha de mi cama de dos plazas, había un rincón con un ventanal cubierto por una fina cortina fucsia. En ese rincón tenía cinco almohadones blancos, que se encontraban ubicados encima de la alfombra rosada oscura, que cubría una parte del suelo de madera. En frente de mi cama, tenía mi escritorio donde estaba mi notebook y mi teléfono. Sobre el escritorio, tenía un plasma. Al lado del escritorio, había una puerta que te conducía a mi amplio vestidor, donde también tenía un tocador y un gran espejo. Otra puerta, te llevaba al baño que tenía una bañera con hidromasajes.
Cuando entré a mi dormitorio, me puse mi pijama y lleve la notebook a la cama. Tiré los almohadones al suelo, y encendí la notebook; quería hablar con Cameron. Cameron era un chico que había conocido en mi viaje a Italia. El tenía 18 años y vendría a estudiar derecho a Nueva York. Por suerte, cuando abrí el chat, estaba.
-Continuará-

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